8.20.2017

Mi lucha. Un hombre enamorado. de Knausgård, Karl Ove

Acabo de terminar este segundo tomo de los 6 libros que componen la obra del noruego Karl Ove Knausgård. Y qué dicícil es a veces encontrar estas letritas que reproducen el alfabeto noruego.
La primera vez que vi la portada del libro fue en una Fcnac y costaba muy caro así que esperé un poco y luego me decidí a comprarla en formato Kindle porque costaba bastante más barato y mis finanzas nunca han sido muy boyantes.

El libro comienza con la odisea de un viaje de una familia del norte de Europa con sus tres hijos. Pero si crees que solo se trata de eso, o de que este viaje representa la aventura de Odiseo, pues no es el camino, aunque quizás sí, y ya explico por qué. Karl Ove Knausgård relata con una frialdad y humor negro lo que ralmente representa una simple excursión de un matrimonio con tres niños pequeños.

Que vaya, que hemos leído  3000.000000000 blogs de madrazas que describen al milimétrico detalle sus aventuras, que tú mismo con amigos intentas aprehender con palabras lo que significa esta simple experiencia, que alguien muy cercano que habla mucho te hace entender con toda clase de anécdotas sus peripecias viajeras. Y no. Jamás te harás una verdadera idea. Pero de pronto, a través de las líneas de Knausgård puedes vivir y comprender  lo que realmente es, porque elige un contraste, y el viaje no es solo un viaje, sino que es el viaje a la casa de unos cercanos amigos, sin hijos. Y esto lo coloco en mayúscula mejor :SIN HIJOS. Él con Linda, su mujer, y sus tres hijos en la casa de Michaela y su marido, otra vez, para qué ahorrar mayúsculas, SIN HIJOS.

El libro completo es un vaivén de descripciones que pueden ser incluso excesivamente cotidianas, pasando por una autoreflexión puntillosa, milimétrica de los contradictorios pensamientos, sentimientos y verdades de un hombre en la mitad de sus treinta, que se muda a otro país (Suecia) y allí ahonda la relación con quien será su segunda esposa y la madre de sus hijos.

Es una novela larga, Anagrama la cuenta con 640 páginas y sin embargo las horas en la que la lees se te hacen ligeras como copos de algodón, suaves como una seda, fluídas como el agua de un arrolluelo. Y es que la novela no se compone de una enrevesada estructura o un lenguaje demasiado denso, se deja llevar y te dejas llevar tú, preguntándote como lector por tus propias miserias matrimoniales, tus dudas como padre y como ser humano que friega el piso, lava los platos y cambia las sábanas: Mi lucha. Un hombre enamorado es la imagen de la vida, del tiempo y de la reflexión que hay detrás de todos nosotros.

Aprendí sobre las diferencias entre Suecia y Noruega y por qué, según la visión de Knausgård, los noruegos son más salvajes que los Suecos. Me quedaron ganas de visitar Suecia o los fiordos noruegos, de que viniese la navidad y de leer otra vez a Dostoieky. Me quedé un poco huérfana al terminar, como si esas personas a quien el noruego había descrito tan íntimamente las hubiese conocido yo realmente y de verdad (sabiendo que todo aquello era real y no ficción) hubiesen formado parte de mi propia realidad y no de la ficción de mi vida, esa en la que leo cosas que no me sucederán o donde me identifico con gente que no conoceré.

Pero tal vez es por eso que tuve ese sentimiento de orfandad al terminarla, porque sí, las cosas que describe y en las que ahonda Knausgård son mi vida, la de todos nosotros que lo leemos, el espejo en el que nos vemos no de manera extraordinaria tras una intensa experiencia, sino el de las noches de cansancio en donde mandamos cotidianamente al mundo entero a la mierda. 

8.11.2017

Venezuela es para mí...

Aún me recuerdo cuando acostada en un colchón que era más bien un catre (dormía al lado de mis padres porque estábamos en obras) miraba el pénsum de mi carrera, tratando de calcular los años que me quedaban para terminar. Estaba en el segundo semestre y en realidad me faltaban cuatro largos años para hacerme licenciada.

Han pasado muchísimo tiempo, en realidad tanto que he perdido los recuerdos nítidos, ya los ojos de las personas que veía todos los días se me confunden con sus narices, sus pelos y sus bocas.

En aquel entonces yo vivía en Venezuela. Un país que ahora mismo es  una imagen difusa y trágica de lo que era en aquellos tiempos en los que yo estudiaba literatura.
Pasé cuatro largos años  más en aquella universidad porque creía firmemente que al terminar trabajaría en  un buen liceo e iría a la playa de vez en cuando, vería mis series por cable y en algún momento conseguiría un novio con quien pudiese convivir y casarme. Creía y nunca pensé que vivir en otro país era una opción. No me interesaba, aceptaba mi país como suficiente, total, me bastaba. 

Yo me considero, a pesar de todo, una persona con mucha suerte. Pude salir de Venezuela y no he pasado hambre. Pero si comparo mi destino con el de un ciudadano europeo promedio, la verdad es que da un poco de lástima:
Tengo 38 años, dos hijos, un marido y todo lo que hice durante toda mi vida no sirvió para nada. No puedo comprar una casa, no puedo hablar bien el idioma del país donde vivo, y luego de haberme graduado con excelentes calificaciones he terminado en una escuelucha de formación menor en donde estudio con un montón de adolescentes que encima se ríen cuando parada al frente tengo que dar una exposición. Ahí sigo, poniéndome medias y zapatos deportivos para ocultar mi decrepitud, mi desubicación con respecto a dónde debería estar.

Este escenario, podría decirse, es la culminación de una larga lista de intentos para hacer lo que a mí me gusta, lo que me apasiona (dar clases de español). Pero en Alemania vivir dando clases de español si no has llegado al país joven es practicamente imposible, así que estoy haciendo algo que no es mi pasión y donde no me siento a gusto, pero que me permitirá ganar dinero en un futuro para solventar cualquier problema de mi gente en Venezuela.

Repito, soy una persona incalculablemente afortunada. Tengo salud, hijos sanos y comida, aprendo cosas nuevas, no sé conducir un auto, pero puedo andar en bicicleta y tengo spotify, lo que significa que puedo escuchar la música que me plazca cuando quiera. También tengo amigos con los que me divierto. No puedo pedir más.

Pero hay algo invisible en medio de todo este estable estado de las cosas. Todos los días, mientras puedo, me meto compulsivamente en twitter para ver las noticias de Venezuela. Apenas me importan las de Alemania, el país donde vivo. Mi obseción insoportable me llevó por un tiempo a atormentarme pensando de manera paranoica en las posibles soluciones que podría tener mi país. Por más que veía muchísimas cosas que se caían por su propio peso, por lógicas, me daba cuenta que allí simpre sucedía un designio diabólico o trágico que  empujaba a Venezuela a un nivel más avanzado de destrucción. Aún pienso que la tierra de Bolívar no ha llegado a su punto de caída más baja. Ojalá me equivoque pero siempre he visto con claridad lo que va a suceder. Por eso estoy aquí. Supe que si me quedaba allí mi vida correría peligro. Y la vida de cada una de las personas que vive en Venezuela ahora mismo corre peligro. 
Tengo familia. Tengo a mis padres. Ese peso invisible es una parte silenciosa de mi vida, el terror latente de la hambruna, la violencia, la mengua por falta de medicinas. Las enfermedades son algo que son parte de todos, y  ruego que mis padres no se enfermen ¿Qué clase de fortaleza tendré si esto sucede? ¿Cuál sería mi reacción ante la impotencia?

El domingo, en medio de mi febril obstinación miraba el móvil y vi a unos soldados diciendo que habían tomado la unidad 44 en Valencia. La gente emocionada cantaba victoria y se regocijaba porque unos militares habían hecho justicia, finalmente se iría Maduro de Miraflores. Pero inmediatamente pensé en Chávez, y cómo algun día también estuvo allí, dando un golpe de estado, revindicando las injusticias sociales. Caí en cuenta: se necesitaría mucho fuego para purificar, se necesitaría gente que de verdad quiera al país, se necesitarían muchos aviones y ganas y medidas acertadas, perfección en medio de la barbarie, del caos,de la muerte. Solo el dolor enseña, y pienso que no solo el dolor, también la inteligencia práctica. La capacidad de estrategia y la seriedad. Yo, mientras tanto, he decidido leer una novela romántica, a veces es bueno alejarse, me gustaría que mañana todo fuese distinto, sentirme ligera, ligera como esa pluma. Una persona ríe y te dice que te lo creíste, lo de Venezuela no era verdad, era una pesadilla, como cuando sueñas que tienes SIDA o que no has estudiado para el examen...pero la broma tiene demasiados años, y todos en el país nos hemos reído y le quitamos antes o después la seriedad que de verdad tenía. Ahora mismo todo es demasiado serio. Todo es demasiado triste. 

Dónde está la gente inteligente...me pregunto, tengo 18 años viendo cierta diabólica inocencia, diabólico optimismo en la oposición. El enemigo siempre ha sido superior. Empecemos a apelar a esos Davids, que son más listos que los Goliats. No está de más que se buscase gente tan lista como en Cuba, pero que trabaje para sacar a Maduro.

Ya.

No quiero seguir.

No sucede nada de lo que pienso.

Ya.

Se siguen muriendo los niños en las maternidades, se siguen muriendo los niños. Eso me basta para imaginar el horror. Odio que se mueran los niños. Es la cosa más atroz que puede existir. Hay cada día más madres desgarradas y familias destruidas, y hambre y miseria, y desesperanza, lágrimas, brutalidad, barbarie, fealdad.

Mi identidad se quedó en un recuerdo que ya va perdiendo las líneas y se difumina, mi corazón es carboncillo, y un dedo implacable lo masajea, un dedo implacable me aleja de lo que fue mi niñez y mi juventud, de lo que fui una vez. Buscarme otro yo, olvidar todo esto, sí, ligera de mentira, ligera negando que eso ocurre, olvidar y negar, negar siempre fue lindo, busquemos opio para  todos hasta que alguien abra la puerta, sí, y que la luz nos dé en la cara y nos diga que el buen sueño ahora comienza.

8.04.2017

Mañana en la batalla piensa en mí, Maduro

Había pensado que ya esto me estaba quemando la vida y mi migraña volvió, y a veces esa resequedad en los ojos, y aunque mi vida es normal, aparentemente apacible y equilibrada, está por supuesto ese lado inquientante, esa sombra de esa identidad mía de la que podría renegar, pero para qué negarlo, me acompañará hasta el final.

Hoy me bañaba con un jabón marca Cien, que no se gasta, que estaba nuevo y que podía tirar a la basura para reponerlo inmediatamente por otro igual, sin que eso supusiese ningún descalabro económico para mí y pensaba que era solo una de las infinitas cosas que les quitaron.


Esa sombra he decidido alejarla un poco, desconectarla, aparcarla como quien deja el carro en el estacionamiento y no piensa en él hasta que termina la diligencia y tiene que volverlo a buscar. Entre esas cosas que idealmente podríamos hacer, esos consejos que nos da la gente preocupada por lo que pasa allá está por supuesto, seguir con la vida y hacer como que lo que ocurre no sucede, esa otra realidad, que debe ser ajena. Pero la sombra, la rabia y ese resentimiento que no se contiene, no se apaga, vuelven siempre.


Puedo desconectar los 4 telèfonos, la televisión, la computadora, pero entonces en mi mente salen aquellos recuerdos de mi infancia, esa gente que tanto quiero. ..en este momento solo la poesía me salva, la literatura, y recuerdo esa magnífica obra de Shakespeare, ese fantástico pasaje que redescubrí gracias a Marías y eso espero que alguna vez les pase, porque la Haya puede ser muy tarde, porque me gustaría que ese destino pudiera tenerlo hoy, que se le aparezcan todos los espectros de todos sus muertos como a Ricardo "Ricardo, tu mujer, aquella desgraciada Ana, tu mujer, que jamás durmió una hora en paz contigo, ahora llena tu sueño de agitaciones: mañana en la batalla acuérdate de mí, y caiga tu espada sin filo: ¡desespera y muere!"